LA DIRECCIÓN DE OBRA DE UN PROYECTO DE ARQUITECTURA

Soy de los que piensan que la arquitectura lo es en la medida que se construye y en ese proceso que va desde el proyecto a la obra terminada es esencial el trabajo del arquitecto director de las obras.

Resulta interesante comparar esa labor de dirección con la que llevan a cabo los directores de música, ¿quien no ha dirigido una orquesta, aunque sea figuradamente al escuchar alguna sinfonía, agitando los brazos mientras se intenta mantener el compás de la música que se escucha?.

Siempre me ha parecido fascinante la dificultad y técnica que supone para un director de orquesta el dirigir a un número considerable de músicos adelantándose en sus gestos y actitud en unas décimas de segundo a lo que estos interpretan inmediatamente después.

Esa capacidad de ir por delante, unido al conocimiento exhaustivo de la obra que se interpreta es totalmente esencial y equiparable a la labor que un buen director de obra de arquitectura debe tener en mente si quiere conseguir que el resultado final salga adelante de la mejor manera posible.

Obviamente una buena obra requiere un buen proyecto de arquitectura, aunque no creo equivocarme si digo que un buen director de obra, al igual que un buen director de orquesta puede y mucho trasfigurar la obra original hasta hacerla al menos digna en su resultado.

La interpretación -no necesariamente de una obra propia-, que tanto en música como en arquitectura puede desarrollar un buen director apoyado en unos buenos intérpretes es capaz efectivamente de trasformar una obra mediocre en una muy buena obra.

Como también -y esto es muy común- una magnífica obra puede ser destrozada por una mala dirección.

Junto al conocimiento profundo de la obra y del proyecto en todos sus apartados y detalles, particularmente sus sistemas constructivos, así como de la capacidad de ir por delante de los intérpretes, (entiéndase estos como constructores, técnicos y demás participantes) es esencial ejercer efectivamente la dirección, lo que significa siempre saber mandar, para que aquellos obedezcan sin dudas y con total confianza y fidelidad lo que el director debe ser capaz de trasmitir.

Esta aptitud que como otras, requiere de una cierta experiencia, puede y debe ser adquirida acompañando y aprendiendo de un arquitecto que haya dirigido con solvencia obras anteriormente.

Es una pena que en las escuelas de arquitectura no se haga hincapié suficientemente en este aspecto esencial en el proceso arquitectónico y que en las clases de construcción y proyectos no se inviertan más horas y recursos para que los estudiantes entiendan desde el mismo origen del proyecto que realizan, que la función de dirección que hace posible que un buen proyecto se trasforme en una gran obra de arquitectura construida, debe aprenderse y practicarse desde las primeras fases del proceso proyectual.

Enrique Fombella, abril de 2017.

EL BLOG DEL ESTUDIO

Nace con la intención de ser un foro abierto a opiniones, noticias y comentarios de los miembros del estudio y de cuantas personas, conocidas o no que se sientan vinculadas a la arquitectura, quieran publicar en este blog, que no pretende ser otra cosa que una pequeña ventana al exterior por la que no solo saldrán opiniones y comentarios, sino por la que entrará el aire fresco que oxigene a los que participamos en él.

 

ARQUITECTURA, DEMOCRACIA Y PARTICIPACIÓN CIUDADANA

No descubrimos ningún secreto al afirmar que la arquitectura- o al menos la arquitectura que ha perdurado- ha estado desde siempre vinculada al poder, sea este político o religioso.

Así ha sido y sigue siendo a pesar de los cambios que al menos aparentemente han sufrido las sociedades en todo el planeta.

En el siglo XIX a raíz de los notables movimientos sociales predemocráticos se inició un cambio también en la forma en que la arquitectura se fue desvinculando de los poderes fácticos para tímidamente ponerse al servicio de comunidades en las que se esbozaba un orden social diferente y en cierto modo más igualitario.

La sociedad tomaba conciencia de que la arquitectura también debería responder a las demandas sociales tanto o más que a esas otras que podríamos considerar tradicionales, en las que la arquitectura solo respondía esencialmente a una representación construida del poder.

No fue sin embargo hasta comienzos del siglo XX cuando algunos gobiernos y ayuntamientos en países de profunda solera democrática iniciaron de forma planificada y sistemática la construcción de una arquitectura para “el pueblo” entendida esta como la que se diseñaba y construía respondiendo a necesidades reales de las poblaciones beneficiarias.

Así surgieron en Holanda, Austria, Alemania, etc, barrios enteros que incluían no solo viviendas sino también equipamientos e infraestructuras que fueron los pioneros de los que más adelante se irían desarrollando en el resto de los países de nuestro entorno cultural y social.

Esta dinámica que resultaba ser una conquista verdaderamente democrática de la arquitectura, que pasaba de las manos de los poderosos a manos de los usuarios, o al menos de sus representantes democráticos, se ha ido sin embargo desdibujando especialmente desde la llamada revolución liberal iniciada a finales de los años setenta del pasado siglo.

La promoción pública de viviendas, la creación de asentamientos urbanos para personas de ingresos inferiores a la media y la construcción de pequeñas infraestructuras locales al servicio de esos nuevos asentamientos tiende hoy en día a desaparecer, mientras que en paralelo vuelve con fuerza la arquitectura del poder, sea económico o político, la arquitectura de representación y el despilfarro que al socaire de las necesidades reales de las poblaciones a las que dice servir, es a menudo solo símbolo del estatus de poder del que las promueve.

 Ya no importa tanto el uso como lo que representa o quiere representar y así en pocos años hemos visto florecer con profusión museos, salas de conciertos, grandes complejos corporativos de oficinas y bancos, torres descomunales y otras edificaciones que como denominador común tiene unos costes astronómicos que de una manera u otra acabamos pagando todos con nuestros impuestos.

Cabe preguntarse ¿hasta cuando los arquitectos como parte de una verdadera sociedad democrática, vamos a seguir el juego a los poderes fácticos que hacen de la arquitectura una moda o una herramienta de sus no siempre trasparentes objetivos?¿para cuándo una arquitectura verdaderamente democrática y participativa, donde al menos las obras públicas se sometan a criterios participativos y verdaderamente democráticos? ¿es esta sociedad que se llama democrática capaz de soportar por mucho tiempo semejante despropósito?

No puede ser que a estas alturas los concursos de arquitectura – especialmente los grandes concursos – estén sometidos a jurados que no solo no representan a los ciudadanos, sino que a menudo solo se representan a sí mismos como titulares de un cargo político o con un supuesto prestigio a veces de dudosa verificación. (Ya hemos comentado en otro artículo al respecto del concurso para la ampliación del Museo del Prado).

Debemos no obstante aspirar a más, hasta conseguir que las obras públicas sean objeto de la participación en igualdad de condiciones de todos los profesionales; que los jurados se compongan sobre todo de representantes de las asociaciones de ciudadanos afectados o al menos elegidos con el consenso de dichas asociaciones; que los presupuestos económicos estén sometidos a rigurosos controles por organismos neutrales que impidan el despilfarro del dinero público y que como tantas veces se ha pedido, una vez establecidos objetivos y criterios claros, se pondere una visión estrictamente económica con otra que considere el valor añadido que una bella obra de arquitectura- por pequeña que sea- aporta al acerbo cultural de una comunidad.

No es difícil vislumbrar que solo una legítima y necesaria participación ciudadana democrática y responsable, devolverá a la arquitectura el valor y el prestigio que en gran medida a perdido, otorgándole el sello de verosimilitud con el que quedan marcados en la historia los objetivos logrados de las auténticas sociedades avanzadas.

A esta asignatura pendiente estamos obligados, no solo nuestros representantes políticos y por supuesto todos los ciudadanos, sino todos los arquitectos y en mayor medida los grandes estudios, que deben dejar de actuar como “lobbies” al servicio y obediencia de los poderosos de turno para convertirse en modelos de comportamiento ético y responsabilidad corporativa.

Enrique Fombella, 23 de enero de 2017

 

ESTRELLAS DE LA ARQUITECTURA (Y DEL DERROCHE)

Nos enteramos, no sin un cierto alivio al ver que en todos lados “cuecen habas”, que la casi terminada Sala de conciertos Elphilarmonie en Hamburgo de los arquitectos Herzog y de Meuron va a costar la apabullante cifra de 789 millones de euros frente a la de 77 millones de euros prevista inicialmente, es decir más de diez veces el costo presupuestado.

Que este hecho casi ni nos sorprenda, no debe ocultar la cruda realidad que supone, incluso para las poderosas arcas del gobierno alemán y/o sus patrocinadores, el gasto “imprevisto” de 712 millones de euros.

Todos los que hemos tenido la ocasión  y la suerte de proyectar y construir edificios de una cierta importancia sabemos lo que da de sí un millón de euros, por no hablar de cifras que empiezan por dos dígitos antes de los millones.

Cualquiera se puede imaginar lo que se puede construir con 712 millones si hablamos de infraestructuras básicas, dotaciones o viviendas.

Solamente considerando  estas últimas y con un grado de protección pública mínima, se puede estimar que en este país se podrían construir no menos de 7.000 viviendas con ese presupuesto o si se quiere en términos de número de personas, se podría regalar una vivienda digna a no menos de 25.000 personas, y todavía los ciudadanos de Hamburgo podrían tener su nueva Sala de Conciertos.

Sobran los comentarios.

Enrique Fombella, 29 de diciembre de 2016

CONCURSO PARA LA AMPLIACIÓN DEL MUSEO DEL PRADO: SIEMPRE LOS MISMOS, SIEMPRE LO MISMO.

Se acaba de hacer público el resultado del “concurso” para la ampliación del Museo del Prado, una de esas obras que dan lustre a las autoridades del momento y a los autores del proyecto ganador.

Una oportunidad de oro desperdiciada para promocionar desde la administración y sus órganos afines nuevas propuestas arquitectónicas en el triste panorama profesional.

¿El jurado? los miembros del Real Patronato del Museo del Prado presidido por el actual ministro de cultura y entre los que se encuentran la presidenta de la Comunidad de Madrid y los presidentes o expresidentes de empresas como Telefónica, Iberdrola, La Caixa, BBVA, etc…..

¿El resultado? ganador un equipo de conveniencia formado por un famoso arquitecto británico (si ese en el que estáis pensando casado con una española) y la comparsa local para que no se diga que solo damos trabajo a los extranjeros.

¿La reflexión? !!! siempre los mismos ¡¡¡ seguramente la de tantos miles de arquitectos sin trabajo, entre los que se encuentran una gran parte de aquellos menores de 40 años que probablemente nunca van a poder ejercer la profesión que aman y a la que han dedicado al menos 6 años de su vida.

!!! siempre lo mismo ¡¡¡ la de los arquitectos y ciudadanos que estamos ya  cansados de edificios epatantes de dudosa utilidad y tantas veces de dudosa calidad arquitectónica, de un costo astronómico y que pueblan nuestras ciudades  que sin embargo, carecen de infraestructuras y equipamientos básicos y de viviendas dignas para familias de bajos recursos, desahuciadas o con pobreza energética, verdadera lacra de una sociedad que se dice democrática.

Enrique Fombella, 26 de diciembre de 2016

POBREZA ENERGÉTICA Y ARQUITECTURA

Además de lo recientemente publicado en los medios sobre la muerte de una persona mayor al incendiarse su vivienda con una vela por no poder hacer frente al pago de la factura eléctrica, el Ayuntamiento de Valencia ha hecho público un informe, pionero en España, donde se pone de manifiesto que solo en esa ciudad el 15% de los hogares sufre pobreza energética severa.

Sin entrar en las causas indirectas, relativas al mal aislamiento y estado de muchas viviendas, el uso inadecuado de los sistemas eléctricos e instalaciones, etc. me gustaría hacer hincapié en la reflexión que me ha suscitado una imagen difundida en prensa donde se ve a las puertas del desmesurado edificio central de Unión Fenosa – Gas Natural en Barcelona, a unas cuantas pobres personas, (en el sentido literal del término) algunas de avanzada edad,  con pancartas reclamando tímidamente alguna solución a su gravísimo problema de pobreza energética.

Me venían a la cabeza imágenes seguramente entresacadas del inconsciente o vistas en alguna película ambientada en la Edad Media, donde pobres de solemnidad vestidos con harapos clamaban a las puertas de los castillos de los nobles de la época por algo de comer, cobijo o algún mísero trabajo para alimentar a sus familias.

Ambas imágenes, salvando algunas distancias, no se diferenciaban mucho, solo hay que sustituir los harapientos mendigos del siglo XII por los ancianos y familias sin recursos de nuestro país y los muros infranqueables de los castillos medievales por el edificio de la poderosa compañía energética que con unos beneficios multimillonarios, obtenidos entre otros modos a través de unas carísimas tarifas, nos insulta a todos con un edificio desproporcionado, grandilocuente, carísimo y seguramente – y esto no deja de ser paradójico- ineficiente energéticamente.  Eso sí realizado a más gloria de sus propietarios, que por otro lado no necesitan a estas alturas demostrarnos su poderío albergando sus sedes en edificios que podríamos definir en una sola palabra como innecesarios.

Ya sabemos de lo que son capaces estas corporaciones mientras algunos políticos no se dan por enterados.

Enrique Fombella, 16 de diciembre de 2016

EL COMPROMISO ÉTICO DE LOS ARQUITECTOS

 Hace unos días, se ha hecho público un “manifiesto” del arquitecto Patrick Schumacher, el actual director del estudio de Zaha Hadid recientemente fallecida, en el que afirmaba con toda rotundidad que era imprescindible una política que no solo privatizara los servicios públicos y las viviendas protegidas (argumento que conocemos en Madrid por los efectos que ha provocado la venta a fondos buitre que se hizo en su día de parte del patrimonio de vivienda pública), sino que también – y esto es la novedad- abogaba por privatizar el espacio público, en concreto parques y jardines, con el ya manido argumento de que solo la libre competencia y el libre mercado son la garantía de su mejor uso.

Sin entrar aquí a valorar la opinión de P. Schumacher, si parece oportuno hacer una reflexión sobre lo que podríamos llamar la desideologización de una inmensa mayoría de los arquitectos, particularmente en el mundo occidental capitalista.

A raíz de esos comentarios es curioso observar el silencio cómplice, cuando no la anuencia con esta opinión, de todas las estrellas de la arquitectura – en el Reino Unido y también en el resto de países de nuestro entorno- a la vez que se escuchan las voces favorables del coro de admiradores y no pocos políticos a los que les gusta una arquitectura desideologizada, desvinculada de las necesidades reales del mundo actual y que mirándose el ombligo ponen por encima  del compromiso ético del arquitecto el interés económico, el ego o simplemente sirven de coartada para que los poderes fácticos construyan a su mayor honra edificios que poco o nada tienen que ver con las necesidades de un mundo global.

Se echa de menos esa época reciente que bien es verdad duró poco, en la que un buen puñado de arquitectos comprometidos se dedicó con ahínco a convencer a las fuerzas vivas del momento del valor que la arquitectura tiene para trasformar la sociedad  sin renunciar a la belleza, proyectando y construyendo edificios de todo tipo que fueran expresión ajustada de las verdaderas necesidades sociales y que han quedado en muchos casos como ejemplo de una auténtica Arquitectura.

Enrique Fombella  7 de diciembre de 2016